EL HOMBRE QUE MATÓ A DURRUTI

Capítulo 1

Nota del autor: El 19 de noviembre de 1936, a los pocos meses de iniciarse la Guerra Civil Española, Buenaventura Durruti, afamado dirigente anarcosindicalista y símbolo revolucionario, resultó herido por un disparo mientras visitaba el frente de la Ciudad Universitaria de Madrid. Pocas horas después fallecía en las dependencias del Hotel Ritz, transformado durante la contienda en el Hospital de las Milicias Confederadas de Cataluña.

A día de hoy no existe certeza alguna acerca del origen del disparo que acabó con su vida.

A pesar de que este relato de ficción se inspira en circunstancias y hechos históricos y utiliza como recurso literario a personajes cuyos nombres y apellidos coinciden con los de personas que vivieron y estuvieron presentes durante el transcurso de los acontecimientos aquí narrados, todo parecido con la realidad quizá sea pura coincidencia.



Aquel cuartucho lúgubre olía a humedad y a miedo. Su ubicación en el semisótano de aquel edificio de la calle de Fomento y su austero mobiliario —una mesa de madera, dos sillas, una a cada lado de la misma, y un escritorio en un rincón— ayudaban a matizar, aún más si cabía, el aspecto de la sala de interrogatorios que era. En todo Madrid se conocían sobradamente las actividades ejercidas en la checa de Fomento y el mero hecho de encontrarse allí, tanto si era por voluntad propia como si no —como era el caso—, solía despertar el recelo incluso de la persona más templada. Consigo mismo como única compañía, acomodado en una de las sillas, un hombre jugueteaba nerviosamente con la gorra de miliciano que sostenía entre las manos mientras aguardaba no sabía exactamente a qué. Un sudor frío recorría su espalda y la dilatada espera a la que le estaban sometiendo no ayudaba precisamente a hacerle sentir más cómodo. Tras una demora que le pareció eterna, la puerta se abrió al fin y entraron en la sala dos personas vestidas de uniforme. El hombre alzó la mirada y reparó en los galones que lucían sus hombreras. Ambos eran oficiales del ejército republicano. Sin cruzar una sola palabra, ni entre ellos ni con el hombre que allí aguardaba, los recién llegados extrajeron unos documentos de una cartera de piel y comenzaron a ojearlos. De cuando en cuando alguno de los dos alzaba la vista hacia aquel hombre para volver a posarla de nuevo, segundos después, en aquellos documentos. Uno de ellos era mayor que el otro, más cercano a los cuarenta que a los treinta, de aspecto curtido, expresión severa y ojos pequeños, grises, de mirada penetrante. Todos estos detalles, unidos a sus ademanes y su porte, sugerían cierta autoridad. El otro era más joven, de una edad indeterminada que parecía rondar los veinticinco. Poseía una expresión más afable, menos dura, pero su actitud, su menor rango y, sobre todo, la deferencia con la que parecía tratar a su compañero insinuaban que su misión consistía en la de ser un mero asistente. Finalmente, el oficial de mayor edad introdujo los documentos en la cartera, la cerró y, tras depositarla sobre la mesa, se dirigió a la persona que se encontraba en la sala.

–¿Cómo se llama?

El hombre se puso inmediatamente en pié y se cuadró delante del oficial.

–Julio Graves. A sus ordenes, mi comandante.
–Descanse, Graves –respondió el oficial de mayor edad–. Siéntese.

El hombre obedeció. El oficial más joven se encaminó hacia el rincón de la sala en el que se ubicaba el escritorio, tomó asiento y se desplegó sobre el tablero una serie de cuartillas en blanco con el evidente ánimo de tomar notas en lo que, a todas luces, daba la impresión de ser un interrogatorio en toda regla.

–Yo soy el comandante Fernández Durán y él es el teniente Alcázar –explicó el de más edad al tiempo que señalaba al joven–. ¿Sabe usted por qué está aquí?
–No, mi comandante –negó Graves–. Simplemente me ordenaron que viniera.

Con gesto pausado, Fernández Durán se sentó en la silla que quedaba libre, de espaldas a la puerta y frente a Graves, estudiando a éste con atención. Tras unos instantes extrajo de nuevo los papeles de la cartera, los distribuyó sobre la mesa y los volvió a ojear por encima con escaso interés, como si conociese de memoria su contenido. Finalmente se dirigió a Graves con tono neutro.

–Según la documentación que obra en nuestro poder –dijo Fernández Durán al tiempo que señalaba los papeles dispersos sobre la mesa–, hasta hace poco, usted ejercía labores de chofer para el comandante Durruti, ¿es así?.

Graves no estaba seguro de si la respuesta correcta, la respuesta esperada, era decir que sí o decir que no. Finalmente optó por contestar la verdad. Al fin y al cabo, no tenía nada que ocultar.

–Sí, señor –respondió finalmente Graves.
–Y que se encontraba ejerciendo dichas labores el día que Durruti recibió el disparo que acabó con su vida, el pasado 19 de noviembre –continuó interrogándole Fernández Durán.
–Sí, así es, señor.
–Cuéntenos lo que ocurrió ese día. Sé que han pasado cerca de dos meses, pero intente ser lo más fiel que pueda a los hechos. Relátelos con el mayor detalle que sea capaz de recordar.

Graves, atenazado por los nervios, inspiró profundamente y soltó el aire en un prolongado suspiro. Seguía sin tener claro en calidad de qué había sido convocado en aquel lugar cuya siniestra reputación no sólo no le inspiraba la menor confianza sino que, además, no le ayudaba en absoluto a despejar sus dudas al respecto.