MUÑECAS TRAS EL CRISTAL

Capítulo 1

De todas las situaciones susceptibles de rebasar la capacidad de sorpresa de Jaime, aquélla era, sin duda, la más extraordinaria que hubiese vivido jamás. Su rostro se contrajo en una mueca de asombro desmedido, incapaz de dar crédito a lo que tenía ante sus ojos. Por un breve instante deseó que la imagen mostrada en la pantalla del ordenador no fuese real y parpadeó varias veces en un intento de alejar de su retina lo que, en un primer momento, trató de imputar a una extravagante jugada producto del cansancio y la falta de sueño. Sin embargo, la imagen permaneció allí, imperturbable. Tan real como el rictus de desconcierto que se había dibujado en su rostro aquella madrugada de finales de mayo.

Hasta ese día, la vida de Jaime había transcurrido dentro de los márgenes de lo que se suele denominar de forma pretenciosa la normalidad, muy alejada —aunque en esos momentos él ni tan siquiera lo sospechara— de las circunstancias por las que iba a derivar en los próximos días. Esa realidad, su realidad, solía ser de lo más corriente. No vulgar pero sí insustancial, exenta en apariencia de todo atractivo y parecía girar de forma exclusiva en torno a cuestiones muy concretas. A Jaime no se le conocían amistades y tampoco era particularmente pródigo en su vida social. Sus escasos conocidos —que en la práctica se limitaban a sus compañeros de trabajo— tenían a Jaime por un individuo de fuerte personalidad, poseedor de un carácter solitario, indisciplinado y poco sociable que daba lugar a las más extrañas y variadas teorías. Conjeturas que nunca habían podido ser confirmadas ni desmentidas puesto que, hasta el momento, nadie había sido capaz de aventurarse más allá de donde Jaime había querido permitir. A él, que conocía sobradamente dicha rumorología, ese aspecto de su vida no parecía afectarle demasiado. Más bien, al contrario. Incluso, en ocasiones, él mismo solía alimentarlo con cierta malicia.

Todas las hipótesis solían coincidir, con diversos matices, en que Jaime había llegado a los treinta sin haber podido, querido o sabido vivir su vida. Simplemente se había ido deslizando por ella, dejándose llevar por las circunstancias y obteniendo al final, por todo premio, un título de ingeniero técnico en Informática de Sistemas, un apartamento en la zona centro de Madrid del cual pagaba religiosamente una hipoteca a treinta años y un trabajo de nueve a seis en una anodina empresa de informática. Y según el criterio de Jaime, no precisaba de nada más. A pesar de lo espartano de sus circunstancias personales, Jaime era feliz con su modus vivendi porque un detalle que todos desconocían era que la actitud de Jaime formaba parte de una cuidada pose que él mismo se había preocupado en forjar y que le ayudaba a mantener firme la burbuja que de forma voluntaria había decidido construir a su alrededor. Y a pesar de que algunas de las personas que a diario le rodeaban lograban intuir la existencia de dicha burbuja, nadie había sido capaz hasta el momento de descubrir el porqué de la misma.

Sus detractores no andaban del todo errados en sus cábalas. En efecto, las aficiones de Jaime eran contadas y su círculo de amigos se reducía aún mucho más que sus aficiones. Nadie había tenido noticias acerca de alguna relación de tipo personal, ni dentro ni fuera de la oficina en la que trabajaba. Únicamente y de forma muy esporádica, cuando ciertas necesidades físicas hacían acto de presencia, su vida social se ampliaba un poco más, limitándose a dejarse caer por alguno de los bares de copas que frecuentaba de cuando en cuando y en los que conseguía alguna cita que siempre se acababa saldando a la mañana siguiente con un intercambio de teléfonos y la promesa de un «te llamo un día de éstos». Promesa que, indefectiblemente, no acababa cumpliendo nunca.

Pero, curiosamente, la circunstancia que esa noche le había conducido a llevarse una de las más impactantes sorpresas de su vida había sido provocada por una de sus escasas y peculiares aficiones. De forma esporádica y amparado por la sensación de impunidad que le otorgaba la soledad de su casa a altas horas de la madrugada, Jaime gustaba de convertirse en sus ratos libres en un Pic Hunter. Un buscafotos. Empleaba sus horas de asueto en navegar por Internet en busca de las miles de páginas que volcaban en la Red su contenido pornográfico con el fin de capturar las diversas imágenes que en ellas se exponían. Se había iniciado en ello un par de años atrás cuando, navegando por la Red, acabó en una de ellas de forma fortuita. El contenido de aquella página web le había resultado cuando menos curioso. No se trataba de fotografías profesionales hechas ex profeso en sesiones de estudio para su posterior comercialización sino de fotografías amateurs realizadas en ámbitos particulares, normalmente por los protagonistas de las mismas, y que solían mostrar una amplia variedad de gustos, posturas y prácticas sexuales.

En un principio fue simple curiosidad, esa curiosidad morbosa que siempre provoca el sexo, particularmente cuando se trata de sexo impropio, de sexo robado, de sexo ajeno. Después siguió haciéndolo por puro gusto, por capricho, por aburrimiento alguna de las veces y, desde entonces, había estado practicando sus cacerías con cierta frecuencia. Jaime recorría las páginas saltando de enlace en enlace y guardando ávidamente en la inmensidad de su disco duro, a modo de trofeos más que otra cosa, las fotografías que iba descubriendo como consecuencia de su búsqueda. No visitaba aquel tipo de páginas por un deleite exclusivamente sexual, lo cual no quería decir que no le agradara lo que en ellas se mostraba, pero su motivación principal era otra. Jaime visitaba aquellas páginas de la misma manera y por el mismo motivo por el cual a la gente le desagrada el hecho de presenciar un accidente de circulación pero no duda en aminorar la marcha de su vehículo cuando pasa a la altura de uno. Y si suele haber sangre, mejor que mejor. Morbo puro y duro. El gozo personal de Jaime consistía en ver, en conocer cuál era, día tras día, el siguiente paso, la nueva meta en la inventiva del negocio del sexo. Le atraía más lo que le sugería el propio submundo en sí que su contenido. Disfrutaba más con la caza de páginas con contenido pornográfico que de su propia contemplación. Ver qué página web publicaba la foto más explicita, más impactante, más novedosa, más amoral o más bizarra. Comprobar hasta que punto era capaz de exhibirse el ser humano por sexo, por dinero o por ambas cosas. Tratar de diseccionar, de comprender qué era lo que llevaba a aquellas personas a emprender ese camino al tiempo que, de la misma manera que lo haría un aplicado entomólogo, procedía a almacenar y clasificar en las entrañas de su ordenador las imágenes capturadas, el reflejo de aquellos ejemplares que, por su extravagancia más que por su belleza, seducían su atención. En el fondo, Jaime coleccionaba momentos. Compilaba el destello de todos aquellos instantes que, capturados para siempre en forma de imagen fotográfica, despertaban las más altas o las más bajas pasiones del ser humano. Para él, la contemplación de aquel universo catódico recreado para su delectación era como coleccionar muñecas exhibidas tras un escabroso y a la vez fascinante escaparate de cristal. Y esa sensación le cautivaba.

Pero lo que Jaime encontró aquella madrugada rompió todos sus esquemas. Tras navegar durante un par de horas por la Red, había terminado su sugerente viaje en una web de contenido en castellano e incitante propuesta. «Sexo en español» rezaba el título de la página de entrada. De forma mecánica leyó las condiciones de acceso en las que se requería, entre otras cuantas banalidades a las que nadie solía prestar mayor atención, ser mayor de dieciocho años y movió el cursor de su ratón hasta un rótulo con el texto «ENTRAR» que indicaba el enlace al interior de la página web. Pulsó el botón y ante sus ojos apareció una lista que contenía unos diez enlaces gratuitos, identificando por un supuesto nombre a cada una de las personas representadas en aquellas galerías de imágenes. «Sheila – caliente (20 fotos)», «Ana – jovencita inexperta (16 fotos)», «Luis y sus amigas (12 fotos)» y un surtido etcétera de similar título. A su vez, en la parte inferior de la página, se anunciaba la posibilidad de visitar un paraíso donde aquellas imágenes gratuitas que actuaban a modo de cebo se verían multiplicadas por mil a cambio de una modesta cuota de acceso a un servidor de pago. Jaime accedió a los enlaces gratuitos, uno por uno, visitando las distintas galerías y almacenando en el disco duro de su ordenador aquellas imágenes que le resultaban interesantes por su contenido, su forma, su atrevimiento o simplemente por la belleza física de la mujer allí representada.

Tras contemplar las fotos de seis de aquellas galerías, Jaime llegó hasta el enlace de la séptima, en cuyo título rezaba «Elizabeth y su novio (21 fotos)». Como de costumbre, apuntó con el cursor del ratón y pulsó el botón izquierdo. Las fotografías fueron desplegándose en la pantalla a un ritmo lento, perezosas, como recién despertadas de un sueño mientras Jaime encendía el enésimo cigarrillo de la noche expulsando el humo con un gesto de hastío. Por el rabillo del ojo pudo ver que la página había terminado de cargarse en el monitor y se dispuso a prestar atención a su contenido.

Su asombro no tuvo límites cuando comprobó que la mujer que aparecía en la primera de las veintiuna fotografías que componían la serie, arrodillada en el suelo, con los brazos apoyados sobre un sofá y la melena revuelta mientras era frenéticamente penetrada desde atrás por un hombre de agraciado y musculoso aspecto físico, no se llamaba Elizabeth. Él lo sabía sin temor a equivocarse.

Su nombre era Noelia.

Había soñado demasiadas noches con ese nombre, con ese cuerpo, con ese rostro que ahora veía reflejado en la pantalla adoptando una expresión de inenarrable placer, como para haberlo olvidado. Jaime, atónito, contempló con atención aquella imagen por si algún oscuro rincón de su mente le hubiera jugado una mala pasada, creyendo reconocer a alguien a quien él había enterrado hacía mucho tiempo en lo más hondo de su memoria, pero una pequeña mancha de nacimiento en la base del cuello le despejó cualquier posible incertidumbre.

Era ella. No cabía el menor error o sombra de duda.

No había cambiado mucho. Con más calma estudió los detalles de la fotografía, admirando el contorno de su cuerpo, la firmeza de sus exuberantes senos que, por la posición en la que se encontraba, dibujaban una grácil curva perpendicular a su cuerpo. Aquellos senos que tiempo atrás, hacía ya siete años, había deseado con toda su alma y le habían sido vedados.

Y Jaime recordó. Y el recuerdo, olvidado hasta ese momento en un rincón de su mente y de su alma, le hizo aún más daño que aquella imagen que, testigo mudo de su asombro, parecía observarle desde la pantalla de su ordenador.