EL DOCUMENTO SALDAÑA

Capítulo 1

«...Just a backstreet gambler with the luck to lose...»
It’s hard to be a saint in the city - Bruce Springsteen



En el suelo de aquel sucio y oscuro callejón, Sara Bianchi sintió cómo la vida se le escapaba a borbotones por cada una de sus heridas mientras la sangre, roja y espesa, fluía al compás de los latidos de su corazón. A pesar de los titánicos esfuerzos empleados en tratar de pedir ayuda, fue incapaz de articular el más mínimo sonido, de mover un solo músculo. Caída sobre el asfalto, con un rictus de anodina sorpresa dibujado en su rostro salpicado por la mugre y el barro, su aspecto se asemejaba al de una muñeca sucia, rota y desmadejada que algún niño, cansado ya de jugar con ella, hubiese decidido abandonar.

Sara regresaba a su domicilio tras una agotadora jornada laboral. Para llegar hasta su casa debía atravesar una serie de callejuelas estrechas y poco concurridas. Ella sabía que aquella no era la vía más recomendable pero sí la más rápida ya que ese trayecto le evitaba dar un rodeo de varias manzanas. A cada ocasión en que la necesidad la obligaba a transitar por aquellos solitarios parajes a altas horas de la noche, no podía evitar que un cierto desasosiego se adueñase de ella, lo que siempre la empujaba a acelerar el paso mirando hacia todos lados con escrupuloso recelo. No obstante, nunca había sufrido el más mínimo percance.

Hasta esa madrugada.

Su atacante se había acercado hasta ella con absoluto sigilo y para cuando sus sentidos quisieron alertarle de la comprometida situación ya fue demasiado tarde. Advirtió cómo, desde atrás, un robusto brazo se ceñía alrededor de su cuello mientras una mano grande y poderosa cubría su boca. Inmovilizada y sin posibilidad de defensa, aquel desconocido la arrastró hasta un callejón cercano. Tras comprobar que el lugar se encontraba desierto y a salvo de miradas indiscretas, su atacante se situó frente a ella mientras extraía un largo y afilado estilete que, con un preciso movimiento, apoyó en la base de su cuello. Una exacerbada sensación de pánico la dejó petrificada. Ni tan siquiera acertó a estremecerse cuando el desconocido le rasgó de una brusca sacudida la parte delantera de su lujosa indumentaria haciendo que los botones de la blusa saltaran y se esparcieran en todas direcciones con un tintineo reverberante. Su torso y su vientre quedaron al descubierto. Sara respiraba de forma entrecortada, incapaz de apartar la mirada del brillante y lúgubre filo de la daga que esgrimía su asaltante. Aquel hombre la observaba en completo silencio, con una feroz sonrisa asomando por la comisura de los labios. Sara trató de gritar pero de su boca no brotó sonido alguno.

El miedo la había dejado completamente paralizada.

Ejerciendo un pausado giro descendente, el individuo deslizó la hoja del estilete, apartándola de su cuello y zigzagueándola con delicadeza a través de su temblorosa piel. La hoja cruzó sobre sus pechos y se detuvo en la zona en la que estos se separaban. Con un suave y delicado movimiento, el desconocido introdujo el filo del cuchillo bajo el centro del sujetador y dando un enérgico tirón, cortó de un solo tajo el fino trozo de encaje que servía de unión a las copas. Los profusos pechos de Sara quedaron al descubierto con un suave vaivén oscilante.

De forma instintiva, presa de una comprensible sensación de pudor, trató de cubrir sus senos desnudos cruzando los brazos sobre el pecho en un gesto pueril. Su cuerpo temblaba compulsivamente, más por la sensación de incertidumbre que por el rubor que pudiese producirle su propia desnudez. Y cuando, creyendo entrever las sórdidas intenciones de su asaltante, había aceptado ya la fatalidad de verse ultrajada en aquel solitario callejón, Sara pudo comprobar con perplejidad cómo aquel individuo se limitaba a observarla, caminando en torno a ella como lo haría un lobo alrededor de su presa. Tras dar tres o cuatro vueltas en las que se dedicó a estudiarla con insano deleite, su atacante se situó a su espalda y acercó el rostro a su cuello. Un leve escalofrío recorrió su espalda y el vello se le erizó al sentir el contacto del aliento de aquel hombre sobre su piel. El desconocido deslizó la lengua de forma lasciva por su nuca suscitando en ella un profundo estremecimiento, producto de una repulsiva mezcla de vergüenza y asco. El hombre, consciente del poder que era capaz de ejercer sobre su presa, emitió una mordaz risotada y se situó de nuevo frente a ella aproximándose hasta que los rostros de ambos apenas quedaron separados por escasos centímetros. Sara pudo incluso percibir el penetrante olor a colonia barata que su atacante desprendía. Sus ojos se encontraron y Sara pudo leer en los de aquel individuo miles de siniestras promesas. Determinación. Crueldad. Placer. Y durante una décima de segundo, un brillo perverso, maligno.

—Do svidania… —susurró el desconocido entre dientes.

Y en ese mismo instante Sara sintió cómo el afilado estilete de acero se hundía en su vientre, quemándole las entrañas. Quiso gritar con todas sus fuerzas pero su voz se ahogó en un estertor ronco y apagado. Enloquecido, aquel hombre se ensañó con ella, acuchillándola en el vientre, en el pecho, en los brazos, en cualquier lugar donde su incontenible furia acertase a encontrar un hueco, sembrando el cuerpo de Sara de puñaladas. Las primeras le provocaron intensas punzadas de dolor pero, tras perder la cuenta, Sara sintió cómo, a cada golpe, la sensación iba diluyéndose más y más hasta que dejó de percibirla. Sus fuerzas flaquearon. Con gesto vacilante, sus rodillas se doblaron, clavándose en el mugriento suelo. En ese instante, con su victima vencida ante él, la furia de aquel hombre pareció aplacarse como por ensalmo. Tras limpiar el estilete en la desgajada blusa de Sara, le arrebató el portafolios de piel que ella llevaba encima y dando media vuelta, se encaminó hacia la salida del callejón.

Arrodillada, vencida y sin el vigor suficiente para sostenerse por más tiempo, Sara cayó de bruces al suelo. Las fuerzas terminaron por abandonarla por completo. Sintió un regusto espeso ascendiendo por su garganta y trató de gritar pidiendo socorro pero de su boca tan sólo surgió un borboteo sanguinolento. Boqueaba con movimientos espasmódicos como lo haría un pez fuera del agua. Sus jadeos fueron haciéndose poco a poco más breves y profundos. Sara comprendió con horror que se estaba ahogando en su propia sangre. Sorprendida, cayó en la cuenta de que ni tan siquiera sentía dolor, tan sólo un frío glacial. Advirtió cómo el pulso que martilleaba sus sienes iba espaciándose a cada golpe. Lentamente, todo a su alrededor fue apagándose. Sus ojos comenzaron a nublarse y la visión de aquel sucio callejón se fue haciendo cada vez más desvaída, como la de una imagen desenfocada por una lente mal calibrada. Finalmente, con el último suspiro, se hizo la oscuridad completa y su mente se sumió en el vacío, en la nada.

Sara Bianchi estaba muerta.