LA SENDA TRAZADA

Capítulo 1

Sin remordimientos. Aquella mala bestia no dudaría en partirle el alma sin mostrar el menor signo de pesadumbre. Alfonso Heredia, acorralado, con el corazón a punto de reventar en su pecho, corrió a ocultarse en el primer rincón que pareció ofrecerle un leve atisbo de seguridad. Sin detenerse a comprobar qué clase de lugar era aquél, abrió la puerta y se precipitó hacia su interior en busca de refugio.

Un cobijo al que jamás debió recurrir.

Pocas horas antes, Alfonso deambulaba bajo un intenso aguacero por las calles del viejo Madrid arrastrando consigo sombrías cábalas acerca de su adverso presente y su no menos aciago futuro. El agua se deslizaba por sus mejillas perfilando en ellas una miríada de estelas traslúcidas que terminaban por descolgarse al vacío desde su barbilla. Inmerso en pensamientos más turbios que los cielos de aquella desapacible tarde de abril, lo que menos le inquietaba en aquellos momentos era la lluvia.

Albergaba mayores y más poderosas razones para sentirse preocupado.

Sintió a la altura del pecho el leve roce de una vibración. Con un gesto mecánico, introdujo la mano en el bolsillo interior de su cazadora y extrajo un teléfono móvil cuya botonera se encendía y apagaba a intervalos regulares. Tras consultar la diminuta pantalla de cristal líquido, su rostro se contrajo en una mueca incomoda al constatar la identidad del llamante. Al parecer, esa mañana comenzaban antes lo habitual.

—¿Sí?
—¿Heredia? Soy Aguirre —al otro lado de la línea se produjo una breve pausa—. Imagino que sabes para qué te llamo, ¿no?
—Sí, Aguirre —replicó con desgana— Sé por qué me llamas. Te dije que no te preocupases, que tendrías tu dinero.
—Ya. Eso fue lo mismo que dijiste hace tres días y mira como andamos. Lo necesito ya.
—Lo sé. Descuida. Te lo devolveré en cuanto pueda… muy pronto.
—Te lo presté con la condición de que me lo devolvieses en una semana y ya han pasado tres. No puedo esperar más.
—Es que me ha surgido un imprevisto pero…
—¿Otro más? —la voz sonó burlona.
—Sí, pero no te preocupes. Tengo unas fotos para vender y me las van a pagar muy bien. Ahora mismo iba hacia la agencia.
—Si no recuerdo mal, esa fue la misma excusa que me diste la semana pasada.
—No te preocupes, de verdad. En un par de días tendrás tu dinero.
—Un par de días. Ni uno más.
—Te lo prometo —sentenció ofreciendo su palabra aún a pesar de intuir que, transcurrido el plazo, probablemente no estuviese en disposición de cumplirla—. Adiós.

Alfonso dio por finalizada la llamada sin conceder a su interlocutor la ocasión de añadir nada más. Cuando ya se disponía a guardar el teléfono, el aparato vibró de nuevo. Observó la pantalla y lo que vio en ella no fue exactamente de su agrado.

«¡Mierda! Otro más. ¿Por qué no me dejarán en paz?», masculló con hastío.

Tras unos segundos de duda pulsó el botón de apagado, devolvió el teléfono al bolsillo y continuó su camino bajo la lluvia. Suspiró con resignación. Las cosas no funcionaban demasiado bien. Para ser sinceros, funcionaban francamente mal. En los últimos tiempos, su profesión como fotógrafo freelance no le reportaba demasiadas alegrías. Hacía semanas que no lograba, no ya una exclusiva, sino una simple foto que poder vender por un precio decente más allá de la tarifa habitual por cubrir actos públicos y tonterías por el estilo, y sus recursos económicos habían comenzado a deslizarse de forma peligrosa por la tenue línea que separa la bancarrota de la miseria, subsistiendo a duras penas a base de sablazos a amigos y conocidos. Su casero lo miraba con inquina cada vez que se cruzaban en las escaleras puesto que aún debía el alquiler de los dos últimos meses; los amigos, cada vez más escasos, lo buscaban con afán albergando el ánimo de hacer efectiva la devolución del dinero prestado; en el Monte de Piedad de la Plaza del Celenque ya lo conocían por su nombre de pila y los empleados del banco cuchicheaban de forma jocosa cada vez que cruzaba la puerta de la entidad en busca de una nueva moratoria a sus pagos. Y para completar el cuadro, esa mañana había salido de casa dando un portazo tras la enésima discusión con Luisa después de que ésta le reprochase, una vez más, el estar harta de ser su paño de lágrimas. La situación era realmente desesperada y, sin lugar a dudas, el menor de sus acuciantes problemas era la lluvia.

Pocos minutos más tarde Alfonso alcanzó su destino. Tras sacudirse los restos de agua que empapaban su cazadora y pasarse un par de veces la mano por el pelo en un pobre y fallido intento por adecentar su aspecto, traspasó el umbral del inmueble en el que se ubicaban las oficinas de Focus, la agencia de prensa para la que trabajaba de forma habitual y a la que solía vender el resultado de sus capturas fotográficas. Una vez se halló en la tercera planta, respiró hondo, empujó la puerta con suavidad y se introdujo en el caos de febril actividad que habitualmente inundaba el lugar.

Saludó a la recepcionista con un leve movimiento de cabeza y se encaminó con paso firme y decidido hacía el interior. Tras sortear una jungla de escritorios y mamparas, Alfonso llegó hasta la sección de contabilidad. A escasos metros distinguió una enjuta y espigada figura que revisaba con interés una serie de documentos que sostenía entre las manos. Justo la persona a la que había venido a buscar: el responsable del departamento.

—¡Pero si es mi amigo Vélez! Contigo quería yo hablar.

El aludido se volvió ante la inesperada mención de su nombre. Al comprobar que un jovial Alfonso se aproximaba a él con una exagerada sonrisa esculpida en el semblante, el tal Vélez emitió un bufido acompañado de un gesto a medio camino entre el escepticismo y el disgusto.

—La respuesta es no.

La histriónica expresión de Alfonso se transmutó de inmediato en un mohín de fingida contrariedad.

—Mi querido Vélez… Si aún no sabes para qué he venido a verte.
—Me lo imagino, Heredia. Y la respuesta sigue siendo no.

Alfonso se aproximó hasta él bajando la voz, como queriendo teñir de espuria camaradería el tono de la conversación que pretendía mantener.

—Venga, hombre. ¿No podrías adelantarme algo? Ya sabes que yo cumplo. Las fotos que traigo siempre terminan publicándose.
—Heredia, llevas ya tres anticipos a cuenta de futuros trabajos. No puedo concederte ni uno más.
—Te aseguro que no te lo pediría si no lo necesitase de veras. Estoy en una situación bastante complicada y… ¡joder!, estoy desesperado. Os ofrecería hasta las fotos de mi madre si supiera que las ibais a comprar.
—¿Está buena?
—¿Quién?
—Tu madre.
—Vélez, hablo en serio. Ya no sé a quién recurrir.
—No insistas. No puedo adelantarte ni un duro más, Heredia. Ya me dieron un toque de atención por el último anticipo que te entregué.
—No volverá a pasar. Te aseguro que éste será el último. Venga, tío, tú manejas la caja. No tiene por qué enterarse nadie.

Vélez negó con la cabeza.

—No me la voy a jugar, Heredia. Si quieres probar suerte con Mendoza… pero me temo que no vas a conseguir gran cosa.

Alfonso maldijo para sus adentros, se despidió de Vélez y abandonó el departamento de contabilidad con la sombra del desánimo revoloteando a su alrededor como un pájaro de mal agüero. Hasta donde él sabía, Ricardo Mendoza, el director de la agencia Focus, era un hombre cordial, accesible hasta cierto punto, que en más de una ocasión había demostrado albergarle cierta simpatía, pero también le constaba que, cuando se trataba de dinero, Mendoza pertenecía a la Cofradía del Puño Cerrado. Jamás soltaba un céntimo si no lo consideraba absolutamente justificado e imprescindible. Tras atravesar un par de pasillos, Alfonso se plantó frente al escritorio de Rosa, la árida y eficiente secretaria de Ricardo Mendoza. Dibujó en su rostro la mejor de sus sonrisas y trató de probar suerte.

—Hola, buenos días. Querría hablar con Mendoza.

Rosa, sin alzar la cabeza, levantó la vista por encima de la montura de sus gafas con un mohín suspicaz asomando en su rechoncho rostro.

—Ahora mismo no puede atender a nadie.
—Me urge verle. Se trata de un asunto importante.
—Pues me temo que tendrá que esperar. El señor Mendoza tiene una mañana muy ajetreada.

Alfonso alzó la mirada más allá de los límites del escritorio de Rosa y comprobó a través de las cortinas laminadas que cubrían el panel acristalado que separaba el despacho de Mendoza del resto de los mortales cómo éste se hallaba completamente a solas y que, a ojos vista, no parecía encontrarse excesivamente ocupado.

—Serán sólo un par de minutos.
—Ya le he dicho que no puede ser, Heredia. Si quiere dejarme un mensaje, yo se lo haré llegar al señor Mendoza en cuanto me sea posible.
—Le repito que se trata de algo importante.
—Por mí, como si los GEOs están asaltando el edificio. Tengo órdenes explícitas de no interrumpir al señor Mendoza bajo ningún concepto. No puedo dejar pasar a nadie —«y mucho menos a usted», pareció añadir entre líneas exhibiendo un gesto altivo y displicente— a su despacho.

Alfonso levantó la mirada hacia el amplio ventanal y durante una décima de segundo le pareció apreciar cómo Mendoza lo miraba de soslayo disimulando una sonrisa mordaz. En ese instante, Alfonso lo supo. Mendoza era perfectamente consciente de su presencia y de que estaba allí para verle. Simplemente se negaba a recibirle.

—Ha sido Vélez. Le ha llamado Vélez, ¿verdad?
—Deje de incordiar, Heredia. Aquí no ha llamado nadie. Haga lo que estime oportuno. Deje un mensaje o bien haga el favor de marcharse por donde ha venido pero le repito que el señor Mendoza no podrá recibirle en toda la mañana.

Alfonso clavó sus ojos en la mujer. En ellos afloraba un manifiesto sentimiento de inquina. Por toda respuesta, la secretaria, imperturbable, le sostuvo la mirada con actitud desafiante.

—Está bien. Muchas gracias —replicó antes de dar media vuelta y encaminarse hacia la salida. Antes de que se hubiese alejado lo suficiente escuchó a la madura secretaria mascullar un despectivo «¿qué se creerá este don nadie?» que se le clavó en lo más hondo.

Alfonso abandonó las oficinas de Focus con la derrota remachando las costuras de su ánimo. Sin destino aparente, echó a andar cabizbajo por las calles aledañas. Acababa de emplear su último cartucho y los réditos obtenidos habían resultado decepcionantes. Estaba tocando fondo como nunca antes lo había hecho y tan sólo le restaba aguardar a que los acontecimientos, para bien o para mal, siguiesen su curso. No quedaba en su mano nada que pudiese hacer por remediar aquella situación que resultaba tan penosa como inquietante.

Al cruzar una de las calles, Alfonso escuchó una delicada melodía cuya procedencia no acertó a distinguir. Su tono, cadencioso y melancólico, logró abstraerle por unos instantes de su abatimiento. Volvió la cabeza en todas direcciones tratando de hallar el origen de aquel evocador sonido. Al final de la calle, un músico callejero, pertrechado con un ajado violín, ejecutaba con maestría los compases de una pieza de aire clásico al tiempo que un grupo de curiosos lo rodeaban con un embeleso similar al de los ratones de Hamelin. Empujado por la curiosidad, se encaminó hacia el músico. El virtuosismo del intérprete y lo emotivo del fragmento resultaban conmovedores. Por unos minutos, Alfonso logró incluso olvidar sus dificultades mientras el crispado rictus de su semblante se relajaba hasta expresar algo parecido a un momento de felicidad. El músico finalizó el improvisado concierto ante el encendido aplauso de muchos de los asistentes que, con gesto satisfecho, echaron mano a sus bolsillos. Tras unos segundos de vacilación, Alfonso imitó el sentir de la mayoría y extrajo un par de monedas. «Seguro que a ti te hacen más falta que a mí… que ya es decir». Depositó la ofrenda en un cestillo dispuesto a los pies del músico y continuó su camino.

Una vez abandonado aquel efímero oasis mental, el peso de su desgracia pareció retornar de nuevo. Con una sorda sensación, mezcla de desaliento y rabia, punzándole en la boca del estomago, se dejó llevar a través del entramado de callejuelas angostas y solitarias que conforman el casco antiguo de Madrid. Pasear por aquellos lugares le producía una confortable sensación de arropo al tiempo que le permitía aislarse del bullicioso gentío. No quería ver a nadie. No quería hablar con nadie. No quería estar con nadie. Tan sólo deseaba caminar bajo la lluvia lejos de todo y de todos. Caminar hasta que el mundo se acabase.

Y tras doblar una esquina, Alfonso lanzó al aire una maldición creyendo que, al fin y al cabo, el mundo, su mundo, quizá se acabase en ese mismo instante. En la distancia le pareció vislumbrar la figura de uno de sus viejos conocidos, uno al que en los últimos días había tratado de evitar como a la peste. Sobre todo desde que éste le requiriese de forma más o menos expeditiva —recordó con un escalofrío algo sobre no-se-qué de romperle las piernas— que le devolviese el dinero que le adeudaba. Alfonso atisbó con urgencia a uno y otro lado de la calle, implorando por encontrar un santuario en el que acogerse a sagrado hasta que amainase el peligro y evitar así aquel desafortunado —particularmente para él— encuentro. Lo más parecido que halló, en la acera de enfrente, fue el escaparate de una vieja y destartalada tienda. Y sin dudarlo, Alfonso cruzó la calle a la carrera. Aquel lugar sería, por el momento, su tabla de salvación.