EN OCASIONES...


En ocasiones no dejo de preguntarme si realmente merece la pena.

Llevo quince días dedicado de forma intensiva a darle a la tecla, inmerso en asesinatos, tiroteos, robos, traiciones, derrotas, documentos perdidos y tesoros ocultos en las entrañas del viejo Madrid, ultimando los detalles de mi próxima novela, El documento Saldaña. Y cuando digo intensiva, quiero decir intensiva de verdad. Mientras otros se zambullen en la piscina —que es lo propio de estas fechas—, yo paso horas y horas retorciendo tramas, inventando diálogos, tratando de buscar el giro de tuerca adecuado. Una tortura. Al acabar la jornada, a altas horas de la madrugada, me permito el placer de apurar el último cigarrillo del día asomado a la ventana de mi estudio, disfrutando de la serenidad, de la laxitud de la noche y de la vista privilegiada que me ofrece el lugar donde tengo la suerte de vivir. La gélida brisa nocturna que azota mi rostro me sumerge en sugerentes evocaciones, el suave aroma de los jardines cercanos invade subrepticiamente mis pulmones y el silencio me envuelve y subyuga, haciendo más apetecible y confortable ese último cigarrillo.

Y allí, asomado a la ventana bajo el tenue parpadeo de las estrellas que tachonan el cielo, expulsando humo a bocanadas, reflexiono y me pregunto si todo ese esfuerzo acabará viéndose compensado de algún modo, si lo recibido posteriormente desagraviará realmente el tiempo robado a los tuyos —a tu mujer, a tu familia, a tus amigos— para entregárselo a esa amante bastarda eternamente insatisfecha o si mi labor terminará compensando los posteriores momentos de desconcierto e incertidumbre por conocer si el resultado del trabajo realizado será vano o por el contrario conseguirá llegar y emocionar a algún lector; si lo que recibiré a cambio será recompensa suficiente —y no hablo de dinero— para sufragar el peaje que se paga por cientos de horas robadas al sueño, por hacer caso omiso a cuestiones fundamentales en tu vida, por el abandono de tareas y obligaciones que deberías asumir y que la gente de tu alrededor, que te quiere y que trata de comprenderte y ayudarte, asume por ti.

Y las dudas, el desamparo y el deseo de tirar la toalla afloran con toda su intensidad.

Sin embargo, aspiro una nueva calada mientras pierdo la mirada en el océano de puntos luminosos que se extiende hasta el horizonte y una media sonrisa, entre irónica y satisfecha, se dibuja en mi rostro ante la remembranza de esa sublime e íntima sensación de placer que se siente cuando se narra y se desarrolla una historia que te pertenece a ti, que nadie más que tú ha ideado hasta ahora y que mientras la desarrollas te parece la más maravillosa del mundo; cuando surge el recuerdo de las visitas a mi página web o los correos electrónicos que los navegantes me envían felicitándome o enojándose por tal o cual artículo o relato; los mensajes de enhorabuena de aquellos lectores que han tenido el benevolente gesto de comprar alguna de mis novelas y que, inexplicablemente, les ha encantado; el correo de aquel otro que me acusó de «escritor de mierda, izquierdoso y aprovechado» por haber publicado una novela sobre Durruti y, por otro lado, el orgullo de recibir la carta del Dr. Manuel Durruti, sobrino carnal de Buenaventura, elogiando esa misma novela y felicitándome enardecidamente por mi trabajo. O el insólito escrito de Paco, de Valencia, que me informa de que las peripecias sufridas por Jaime Areta y que yo narro en Muñecas tras el cristal son más reales de lo que pueda suponer puesto que, según relata, él mismo encontró de forma casual la foto de una antigua amiga en una página erótica en Internet. O la conversación telefónica con el entrañable Abel Paz, la mayor autoridad mundial sobre la figura de Buenaventura Durruti, comentándome —con cierta sorna bienintencionada, deduzco— que le encantaría hacerse con un ejemplar de El hombre que mató a Durruti para descubrir quién fue el asesino.

Y entonces termino mi cigarrillo, apago las luces, marcho a la cama en busca de un reparador descanso y concluyo que sí, que quizá, realmente, merezca la pena.

Parque Coimbra, septiembre de 2006