KILL'EM ALL...


Desconozco tu nombre. No sé si el ser humano, con esa costumbre tan propia, tan suya, ha terminado por ponerte uno como hizo con Canela, tu madre. Dejémoslo en Ursus Arctos Pirenaycus o, dicho en cristiano, Oso Pardo Pirenaico. No sé si tienes nombre lo que sí sé es que, a pesar de tu corta edad, has demostrado tener dos cojones —o dos ovarios ya que, por el momento, también se desconoce tu sexo— como dos plazas de toros.

Tú no sabes quién soy yo y maldita la falta que te hace saberlo pero, aun así, me presentaré. Soy un espécimen humano, un miembro de esa estúpida raza que te ha dejado solo en el mundo y a la que, en muchas de las mañanas en las que me levanto y me miro al espejo, deploro pertenecer. Esa circunstancia debería ser suficiente para despertar en ti un hondo recelo. Y lo entiendo.

Como decía, no sabes quién soy pero yo sí sé quién eres tú. Traté de seguir tu historia desde el pasado noviembre, momento en el que un descerebrado armado con una escopeta mató a tu madre, la última osa fértil autóctona del Pirineo, la última esperanza de tu malograda especie, la última huésped de una inestimable información genética construida a base de siglos de pericia biológica y adaptación al peculiar entorno pirenaico. Y todo ello desapareció de la noche a la mañana el día que un gilipollas amartilló su escopeta, se lanzó al monte y se cruzó con tu madre cuando tu eras tan sólo un osezno de nueve meses. Una autentica putada. Por suerte, pudiste huir del lugar pero nadie daba por tu vida ni un cuarto, amigo mío. Los biólogos, los especialistas, cifraban tu esperanza de supervivencia en un cincuenta por ciento. Era prácticamente jugártela a cara o cruz, colega. Sus argumentos eran contundentes: excesiva juventud; especie de muy pocos individuos; ninguna figura materna que, por azares de la naturaleza, pudiera asumir el rol de tu madre —recuerda, era la última de su estirpe—. Un panorama más negro que el culo de un grillo.

Dos semanas después de que aquel anormal se cepillara a mamá osa, se te vio vagar por la zona donde murió, donde la viste con vida por última vez, donde ambos disfrutabais de vuestros paseos y vuestra vida en libertad. Puedo llegar a imaginar tu desconcierto, tu desconsuelo. El vagar por las montañas en busca de algo que, sin que comprendieras el porqué, se había marchado para siempre. Los guardas del parque trataron de seguir tus peripecias, ubicarte, tratar de ayudarte sin interferir ni en tu hábitat ni en tu medio. Durante un tiempo, los medios de comunicación se hicieron eco de tus andanzas (huellas, rastros). Todo el mundo se apenó con tu historia. Todo eran lamentaciones, clamores y golpes de pecho. Todos acusábamos esa sensación tan familiar en nosotros, mezcla de estupidez, vergüenza y remordimientos que de manera tan única y genuina es capaz de sentir un ser humano ante la estupidez de otro.

Poco más tarde, tu pista se perdió por completo. La noticia, como tantas y tantas otras, se fue convirtiendo en un sordo y vago rumor que terminó por diluirse en el fondo de nuestra memoria. En la de casi todos. Yo seguía, de cuando en cuando, acordándome de tu historia y preguntándome que habría sido de ti.

Y hace escasamente una semana has demostrado a todos de lo que eras capaz. Los guardas del Parque Nacional de los Pirineos encontraron tu rastro, siete meses después de aquella tragedia que te dejó abandonado y con un crudísimo invierno por medio. Seguías vivo. Y yo me alegré profundamente. Y no pude por menos que tratar de escribirte estas letras a pesar de saber —por motivos obvios— que nunca las recibirás. No importa. En el fondo, no eres tú el autentico destinatario de las mismas. Sólo eres un medio para el mensaje. El verdadero destinatario es esa legión de necios de primera clase, de gárrulos asilvestrados que disfrutan los fines de semana cargando hasta los topes su todoterreno de 30.000 euros con escopetas y cartuchos y se van al campo a disparar contra todo bicho que se crucen. La estulticia hecha arte. Y cuando hablo de estúpidos con escopeta al hombro, no hago excepciones de ninguna clase. Ni siquiera la de cierto monarca no muy lejano con excesiva afición a cazar primos tuyos en Rumanía. Por ese motivo, permíteme darte un consejo por si tienes ocasión alguna vez de encontrarte frente a frente con uno de esos imbéciles émulos de Rambo que van a buscarte las cosquillas a tu propia casa: vende cara tu piel. Llévatelos por delante. Tríncales de la yugular, abreles las entrañas con tus garras y espárcelas monte arriba. Kill’em all and let God sort’em out. Tienes todo el derecho del mundo a hacerlo. Nadie va a reprochártelo. Te aseguro, my friend, que al menos, yo no voy a hacerlo.

Alcorcón, junio de 2005