LAYLA


Tiene los ojos más inmensos que yo haya visto nunca. Tras ellos, una mirada limpia, profunda, sincera. Una mirada cautivadora. Realmente no puedo decir que sepa mucho acerca de ella. Tan sólo su nombre: Layla. O al menos ese es el apelativo por el cual la gente se dirige a ella para saludarla cuando entra en el local en el que llevamos meses coincidiendo, la cafetería donde desayuno de forma habitual los fines de semana.

Debo decir que desde el primer día en que nos encontramos, su presencia capto poderosamente mi atención. Una preciosidad así no escapa a los ojos de nadie. Andares sinuosos, cuerpo bien formado, pelo corto y ademanes afables. Toda una hembra. Su figura hace voltear la cabeza a cualquiera que se precie de tener el criterio suficiente para admirar la autentica belleza. Hoy he vuelto a verla. Hemos coincidido de nuevo en el lugar de siempre y no he podido evitar —una vez más— el dirigirle una inquisitiva mirada de soslayo nada más traspasar el umbral de la puerta. Ella ni se inmutó. Es más, creo que ni siquiera reparó en mi presencia. Entró con su habitual porte tranquilo y sereno y se dirigió con paso firme hacia la mesa de costumbre. Venía seguida por su sempiterno acompañante y se la veía feliz, relajada. Tras tomar acomodo y pedir su consumición, él le ha prodigado unas cuantas carantoñas que ella ha aceptado complacida y alborozada mientras le observaba con autentica devoción y ternura. A decir verdad, amores así ni son comunes ni se ven todos los días.

Poco después han llegado otras dos personas y se han sentado junto a ellos. El hombre ha iniciado una animada conversación con los recién llegados, dejando a Layla en un segundo plano. Ella se ha dedicado a pasear de forma lánguida su mirada por el local. Yo seguía observándola de reojo y en un momento determinado, nuestras miradas se han cruzado. Sus ojos han parecido iluminarse, como si por un instante me hubiese reconocido, como si hubiese recordado mi presencia de otras ocasiones en las que hemos coincidido en aquella cafetería. Ha sido un momento breve, fugaz, etéreo pero muy reconfortante. Yo he tratado de dedicarle una sonrisa amable y sincera pero ella ha hecho caso omiso a mi gesto y, tras girar la cabeza, ha seguido observando con aire ausente al resto de personas que poblaban el local. Debo reconocer que el desplante ha conseguido herir mi orgullo.

Minutos más tarde los he visto levantarse y dirigirse hacia la puerta. Ella caminaba contoneando su diminuto y perfectamente proporcionado cuerpo de la mano de aquel afortunado al que siempre acompaña y al que parece haber consagrado su vida. A través del cristal he podido ver cómo se alejaban calle abajo de la mano, ella pendiente en todo momento de cualquier detalle que pudiese perturbar el camino de su acompañante, deteniéndose con seguridad en los puntos precisos y ayudándole a llegar a salvo a su destino.

No voy a decir que envidie la fortuna de ese hombre. No debe ser confortable el tener que pasar el resto de tu vida desprovisto del sentido de la vista —a mí me parece una tragedia. Me resulta imposible concebir mi vida con tal limitación sensorial— pero sí debe ser una autentica suerte el qué, llegado el caso, puedas tener a tu lado a alguien que vele por ti de la manera que lo hace Layla, esa preciosa hembra de pastor alemán que se ha convertido en sus ojos, que cuida de él y cuyo sentido de la entrega no deja de resultarme encomiable.

Parque Coimbra, septiembre de 2005